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Livres

*Georges Brassens Ediciones Júcar, Los juglares, 1973


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El nombre .de Georges Brassens evoca por sí solo la mejor canción francesa, aunque en nuestro país los discos de este hombre que «cantar a contra-época, a contra-moda y, al parecer, a contra-corazón» (como dijo el semanario. L’EXPRESS), comenzaran a editarse .de modo sistemático en fecha bastante reciente y hasta entonces hayan circulado entre los «enterados». Ramón Chao aborda con.gran lucidez los diversos aspectos de la evolución artística de Brassens, proponiendo su lectura desde nuevas perspectivas, a la luz de los. graneles éxitos de un cantante que antes fue de minorías, y que ha pasado a ser uno de los ídolos populares -franceses, insistiendo especialmente en sus diversos compromisos y realizando un análisis estilístico profundo de una obra
entroncada con la mejor tradición poética francesa.

 

 

*APRES FRANCO, L’ESPAGNE

Edité en français en 1975 et en espagnol en 1976

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*le Guide de Paris, Sedmay ediciones, marzo 1979

 

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«Siempre presente el elemento histórico y la erudición cultural, que es primordial en esta Guía, Ramón Chao no desdeña hacer el honor al picante título, y se adentra en el mundo de lo secreto (…).»
«La Voz tli’.Galicia»-
«Ha optado por escribir una auténtica « Guía secreta », para enseñar el « otro París », el que más sorprende a los españoles: las cla-ses de prostitución, los espectáculos inédi-tos en nuestra patria, los rincones literarios más Vanguardistas, los restaurantes imposi-bles de localizar por el turista inexperto… Es una obra trabajada, funcional, entrete-nida, (pie bordea en ocasiones el ensayo con alcance político.»
Jesús Picatoste, «Blanco y Negro»
«Recorrer y descubrir el París recóndito, curioso y divertido de la mano de Ramón Chao es una experiencia posible gracias a esta « Guía Secreta »: recomendaciones, con-sejos, direcciones útiles para el buen comer y el buen folgar, para imprevistos encuen-tros y posibles ligues.»
«Cambio 16»
Ramón Chao, nacido el 21 de julio de 1935 en Villalba de Lugo (;sí, él también!), actualmente corresponsal de la revista «Triunfo» en París y director de las emisio-nes culturales en castellano de Radio F ranee, hubiera ido de cabeza al seminario de Mondoñedo si a los siete años no mostrara dis-posiciones excepcionales para la música. Reconocido como «el Arturito Pomar del piano», durante décadas estuvo enredado con fusas y semifusas, y enfrascado en la armonía, fuga, contrapunto y otras disci-plinas musicales.
Llegó a París a los veinte años, y allí des-pertó de tantos sueños órfieos. Sus tres libros publicados hasta ahora:… «Georges Brassens» (Ed. Júcar); «Guía secreta de París» (Guadiana); y «Apres Franco, l’Espagne» (Stock, París) = («Después de Fran-co, España». Felmar, Madrid), jalonan un recorrido que le llevó con la música a otra parte.

 

 

* CONCERSATIONS avec Alejo Crapentier
Publié en Avril 1984, Ediciones Argos-Vergara.

 

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Prólogo:
Una literatura inmensa
Una de mis primeras colaboraciones en la revista Triunfo, a principios de los años setenta, fue una entrevista con Alejo Carpentier. En aquel entonces Carpentier ejercía de ministro-con-sejero en la embajada de Cuba en París. Me presenté en su des-pacho de la rué de la Faissanderie, planteé las preguntas, me contestó, y tras apagar la grabadora le dije, como a todos mis en-trevistados: «Le enviaré el texto antes de publicarlo.» «No, se lo mandaré yo a usted», me contestó, arrastrando con firmeza aquellas erres indomables que tenía. La semana siguiente recibí una larga entrevista, firmada por mí, que, en puridad, algo con-tenía de lo que habíamos hablado. Salió en portada de Triunfo con una foto espléndida, obra de Antonio Gálvez, y un titular ro-tundo, merecido: «Alejo Carpentier. Una literatura inmensa».
Gustó mucho. Manuel Cerezales, a la sazón director de Nove-las y Cuentos, me pidió que ampliase mis conversaciones con el escritor hasta completar un libro, que él publicaría.
Así me hice amigo de Lilia y de Alejo Carpentier. Apenas los nombro surgen anécdotas, viajes, acordes y melodías, los días pasados con ellos, con mi mujer y los Saura (Mercedes y Antonio) en Niza, cuando el Festival del Libro; los llevé a visitar el museo de autómatas de Montecarlo, y bastó con que el autor de Con-cierto barroco entrara en el museo para que, como por arte real maravilloso, la infinidad de cajas de música, de títeres, de ma-rionetas, de maniquís y de pulchinelas adquirieran luz, sonido y movimiento. Más tarde Carpentier quiso volver a Cuenca. Ha-bía estado allí cuarenta años antes en compañía de Wifredo Lam, y a Cuenca fuimos un verano, con Saura y Antonio Pérez. De Cuenca a Minglanilla, donde una campesina les había dicho a él, a Rafael Alberti, a Nicolás Guillen, a Octavio Paz, a Pablo Neruda, a los intelectuales que en 1937 iban de Valencia a Ma-drid para asistir al Congreso de Escritores Antifascistas: «¡De-fiéndannos ustedes, que saben leer y escribir!» Se le humedecían los ojos cuando nos lo contaba.
Además de las letras y la política, nos unía la música. Su cul-tura en este campo era tan inmensa como en el literario. A los análisis de obras de Josquin des Prés, Luigi Nono o Luis de Pablo seguían anécdotas vividas con Manuel de Falla, Arthur Honegger, Héctor Villa Lobos, para concluir con cuentos de piratas y fi-libusteros. Siempre se negó, en cambio, a tocar el piano. Compra-ba partituras y me las hacía descifrar a mí; al pobre de mí, que llevaba más de quince años sin poner las manos en un teclado.
Lilia nos invitaba a cenar en su domicilio de la avenida de Segur, ritualmente, casi todos los miércoles, con otros amigos co-munes. En una de estas cenas le notifiqué, con toda clase de pre-cauciones, el encargo de Cerezales: «¿Podríamos repetir la entre-vista, pero al revés?» Me miró perplejo. Yo acababa de regalarle un ejemplar de mi primera obra. Sin duda pensó que le pediría la reciprocidad, una entrevista que yo haría íntegramente y firma-ría él. Lo vi a punto de aceptar, pero antes de que contestara aña-dí: «No, Alejo, lo que te propongo es un libro de entrevistas, pero sin molestarte para nada. Tú sigues escribiendo tranquilo, es un decir, La consagración de la primavera, y yo busco, invento, compongo un texto de charlas contigo.»
Con la ayuda de sus exégetas Carmen Vázquez en París, Ale-xis Márquez en Venezuela y Araceli García-Carranza en La Ha-bana, reuní material de sus conferencias y ensayos. Pasé días y días en la Biblioteca Nacional de Cuba, donde pusieron a mi dis-posición todos sus archivos. Recogí fragmentos de sus declaracio-nes en la prensa francesa, española y latinoamericana, de sus miles de artículos publicados en El Nacional de Caracas y en la revista habanera Carteles. Pasé a máquina todo lo que me inte-resó, maldiciendo de paso el bloqueo americano por las averías de lafotocopiadora. De todo ello -y de mis conversaciones con él, por supuesto, que también hubo, y muchas-, seleccioné datos biográficos, opiniones políticas, literarias, anécdotas con lasque iba componiendo un manuscrito, verdadera obra de taracea. Y en esto descubro, será casualidad, una correspondencia entre Neruda y Carpentier, de cuando mi virtual entrevistado era di-rector de las Publicaciones Nacionales. Carpentier solicitaba a Neruda autorización para editar en Cuba Residencia en la Tie-rra. En su contestación, el futuro premio Nobel le pedía una suma de dólares astronómica para la economía cubana. Me llevé las dos misivas al Hotel Nacional. ¿Podrépublicarlas? Se quedó muy extrañado de que las cartas estuvieran en los archivos de la Biblioteca. «No, gallego», me dijo; y se las guardó…
Creo que ha llegado el momento de levantar la única censura, en cierto modo política, que ejerció Alejo en este libro; han pasa-do casi veinte años y en todo hay prescripción.
Por entonces ya tenía yo pergeñado el presente montaje, un relato en tiempo recurrente a semejanza de Viaje a la semilla, uno de sus cuentos. Le daba capítulos a leer y él me los devolvía con retoques limitados a fechas y variaciones onomásticas. Y eso sin rectificar nada del contenido, aunque sus palabras hubieran sido pronunciadas en años anteriores, a veces muy pretéritos.
Sabiendo esto, el lector apreciará la coherencia excepcional, tanto literaria como ideológica, de este hombre clave en las letras hispánicas, que atravesó épocas y continentes viviendo los mayores acontecimientos de los tres primeros cuartos de nuestro siglo: desde que propuso sus primeros artículos a la revista Carteles, hasta estampar en La consagración de la primavera su últi-mo FIN.
Después, paulatinamente, se fueron esparciendo los encuen-tros. Sabíamos que Alejo estaba enfermo. El mal le roía la gar-ganta. Cada vez le costaba más trabajo hablar. Pasaron varios meses sin que nos viéramos, hasta que el 24 de abril de 1980, a las diez de la mañana, me llamó Lilia: Alejo murió esta madru-gada. Dejé el trabajo y fui a su casa.
*Las Travesías de Luis Gontán

TABLA RASA. LIBROS Y EDICIONES, S.L., 2006

Livres chao

Luis Gontàn, cuyo mote es ‘Kilowatio’,
trabaja en la instalación de postes telefónicos en su pueblo gallego.
Su vida transcurre entre artimañas picarescas y enredos amorosos.

Su apacible vida se ve trastocada con la Guerra Civil,
convirtiéndose en testigo y actor directo del horror y el sinsentido de la guerra.Sus andanzas por la supervivencia le hacen suplantar la personalidad
del implacable guerrillero Foucellas. 

Al final de la guerra en el bando de los vencidos, Kilowatio embarca en el Winnipeg,
el famoso barco en el que colaboró Pablo Neruda para salvar a refugiados del bando republicano. Su destino es Chile, donde buscará una nueva vida

 

 

*Las Andaduras del Che
 

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el texto del último libro con motivo del 40 aniversario del asesinato de Ernesto Guevara. Su titulo es : « Las andaduras del Che ». Ilustrado por Wozniak y con prologo de Ignacio Ramonet. Lo edita « Efecto Violeta ». Apartado de correos 22. La Canyada. Valencia.
www.efectovioleta.com
Telefono:(0034)660054901

PRÓLOGO

Conozco a Ramón Chao desde hace unos treinta y cinco años; toda una vida, si nos fiamos de las estadísticas de hace sólamente dos siglos. En nuestros días ya se puede dar uno por satisfecho si alcanza con salud esta edad; a él le deseo que la doble, aunque no sea más que por ver su cuerpo lleno de tatuages.

Cuando entablamos inmediata amistad, Ramón tenía tres libros de bagaje: una biografía iconoclasta de Brassens, una Guía esotérica de París y el primer manual de política española oportuno y objectivo, que salió en Francia el mismísimo día de la muerte del nuestro último dictador.

Desde entonces cada uno siguió su camino pero sin perderse de vista, con encuentros periódicos, libros escritos al alimón y viajes simultáneos a Galicia, Porto Alegre, Venezuela y Cuba. A este país fuimos precisamente poco después del asesinato de Ernesto Guevara.

Yo sabía, por em entonces embajador de Cuba en París, que Ramón había estado con él en Orly cuando llegaron los supervivientes de la guerilla, entre ellos el tan famoso Benigno. En La Habana siguió indagando sobre las circunstancias de la salida de Cuba del ministro de Economía, de sus periplos europeos y africanos y de su instalación en la sierra boliviana. Así se fue formando Ramón una idea del mítico personaje, que después desarrolló con la amistad de Régis Debray.

De todas formas, nada nuevo pudo descubrir que no se fuera sabiendo, tantos estudios, análisis, averiguaciones y documentos se publicaron – entre ellos los Diarios del Che, y sus cartas a Fidel.

Lo realmente inédito es la óptica que utiliza Ramón para estudiar la personalidad de Ernesto Guevara. Me consta que Chao es un asíduo lector de Cervantes, y creo que ha leído unas diez veces el Quijote. Así pudo establecer estos parangones entre los itinerarios del argentino y las aventuras del manchego, siguiendo la tesis de Salvador de Madariaga sobre la progresiva quijotización de Sancho Panza y la paralela sanchificación del Caballero. Este morirá cuerdo en la cama, igual que vuelve al redil de Buenos Aires el comunista Granado. Sancho Panza al contrario, que empezó egoísta y adocenado, en esos momentos finales anima a don Quijote a empuñar la adarga y cabalgar a Rocinante para deshacer todo género de agravios

Regreso al tema de los tatuages, que dejé esbozado al principio para traerlo a la cadencia final como manda la forma sonata.

En el obituario de Juan Carlos Onetti que escribió Ramón Chao para el diario Le Monde ( ¡revisado y aprobado por el escritor uruguayo!), éste le confesaba que se sentiría muy a gusto en el momento de su muerte: convocaría a Larsen, Petrus, Angélica la bella ; a todos sus personajes para que acudieran solícitos a su cabecera. Desde la desaparición de su amigo, Chao lleva grabados en su cuerpo los mamarrachos de sus propios libros. Le deseo otros setenta años de vida para que siga escribiendo y al fin le falten pecho, espaldas y miembros para meter a tantas criaturas de su fantasia

Ignacio Ramonet

 

 

 

*La Passion de la Belle Otero

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No son estas las memorias de Carolina Otero o de Agustina Otero Iglesias (1868-1965), suverdadero nombre, sino un diario secreto y erótico imaginado por Ramón Chao. No siendo auténtico es más veraz que cualquiera de las biografías publicadas sobre la bella Otero, y entre ellas, la que dictó a un periodista. Incluso hay algún film que incurre como alguna enciclopedia que consulto en errores que la protagonista se encargó de propalar: « Fue hija natural de una gitana y un hombre de negocios griego ». Pero sobre la fiabilidad de las enciclopedias ya tengo dicho lo que opino. Me merece mucho más crédito Ramón Chao, al trazar y descubrir los orígenes de la bailarina paisana con gran tino y buena prosa, sin alambiques mas con sabio caudal. Cuando Carolina Otero se escapa a Lisboa e inicia su carrera artística (la otra con quince años ya era vertiginosamente corrida) leemos en la página 116: « Lo cierto es que el director del teatro inventó que mi madre era cordobesa, mi padre griego y yo natural de Cádiz ». Aunque prefería el bel canto al flamenco, cualquier tinte era preferible a la revelación de su origen. Ramón Chao también tiene la ocurrencia o licencia de inmiscuir a un antepasado suyo librepensador como padre y amante en aquella primera aventura portuguesa. Es más, el alcume -insulto- de La Bella Útero con que la bautizaron sus envidiosas compañeras, Alejandro Chao felizmente lo trastoca en La Bella Otero, tan perdurable que su nombre ha de buscarse en la B de Bella. Tampoco es la única licencia que se permite el falso memorista. Un ejemplo de lo que los posmodernos llaman intertextualidad, y el Código Penal, plagio, lo tenemos en el « homenaje » que rinde a La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, un logrado pastiche de la Barcelona de las Exposiciones y el naciente movimiento obrero. El Onofre Bouvila de Mendoza coincide a su llegada a la pensión de un tal Braulio con La Bella. (Comparar el inicio de su novela con págs. 138 y siguientes de la aquí reseñada).

Volvamos a lo que iba. La vedette del Folies Bergère, la mujer más cotizada de la Belle Epoque parisina, en parte debido a su hoja de servicios que va desde el zar Nicolás II a Eduardo VII de Inglaterra, Leopoldo II de Bélgica a Alfonso XIII (¿y XII, según Chao?), del káiser de Alemania al presidente de La República Francesa, nació en una aldea de Pontevedra. Acostumbrada a la promiscuidad desde su infancia, violada por uno de los clientes de su madre (« después de la violación -el cuerpo- ya no me pertenecía ») sin llegar a los 12 años, inicia una vida « adulta » en Santiago. De la brutalidad campesina a la superchería de la incipiente vida burguesa. Buscará en el paseo con sus señoras a aquellos que la víspera la gozaron y experimentará en ello el placer que antes vendió. Ya en Barcelona, verá acrecentada esta doble vida en una ciudad, que a semejanza de sus plebeyas raíces, emprendía el vuelo:

« En las veladas de Ópera las damas sacaban faldas largas con pliegues como acordeones e iban tocadas de sombreros, últimas novedades de la moda francesa. Pero la verdad era muy otra. En el diario La Vanguardia, que era la biblia de la nueva burguesía, la mayor parte de los anuncios eran de medicamentos antivenéreos ».

Ojeen ese mismo periódico hoy, o el ABC, El Mundo o El País, lean sus editoriales profilácticos y calculen por su valor en caja el peso de sus anuncios por palabras.

El sexo, tan natural en su medio de iniciación, animal y violento, es el que le proyectan los otros. Desvalida y mendiga, aprende tempranamente a conocer el poder y atracción de su cuerpo. Será su medio de liberación. Y no sólo liberación de la miseria, sino medio de autoconocimiento:

« En el momento de decidir algo, la inteligencia no interviene para nada. La inteligencia es algo confuso, incierto, con innumerables cabos sueltos. Las pasiones, en cambio, son fijas y claras. Nos gobiernan en todos los instantes. »

…Y de construcción de la moral a su medida: « En resumen, me convencí de que era capaz de fidelidad. No a las personas, sino al amor que se sitúa más allá de los individuos y del sexo ».

En conclusión, hallamos en la diva una precursora modernísima (con todas sus connotaciones buenas y malas) de las actuales. Un físico interminable de una Noemí Campbell o Cindy Crawford, una pasión fría de mercado con los hombres. En algún pasaje del apócrifo que no he podido releer, la Bella Otero que iba despegando en la « ciudad de los prodigios » constata que la fama de una bailarina, actriz o cantante, aún de la talla de Maria Guerrero, era tanto peor que la de una vulgar ramera. Describe con total naturalidad los preceptivos peajes previos a la firma de los contratos estelares. Polvos de estrellas con una pródiga y multiforme fauna contraparte contratante.

Se merece este libro de Ramón Chao en España igual suerte que la primigenia edición francesa. La curiosidad despertada en el público galo es prueba de la popularidad que la bella Otero llegó a alcanzar en el país vecino y la vigencia de su mito, un siglo más tarde. Unido a que la acción se centra en Galicia y en la soñada Iberia toda, y al léxico y modismos gallegos que el autor maneja, hacen aún más recomendable esta versión en castellano.

Como obsequio final, dos anécdotas: la primera, con la que Ramón Chao introduce el veraz retrato de Carolina, Agustina Otero. La segunda, es de mi cosecha y con ella me despido.

Es un acertijo que le planteaba su padre en la niñez. Fue sin duda el motor primero e inocente de este libro.

« Los gallegos somos la gente más grande del mundo. Cuando damos una figura, en el terreno que sea, tiene que ser la mejor ». Y he aquí la batería de preguntas paternales:

-¿Escritores?

-Valle-Inclán.

-¿Actrices de teatro?

-Tenemos a María Casares

-¿Meretrices?

Muy fino, mi padre. Yo ignoraba lo que pudiera ser una meretriz. ¿Acaso una futura institutriz? Pero me tenía amaestrado:

-Nada menos que Carolina Otero.

-¿Y cabrones…?

La respuesta en el aire; en aquella posguerra el menor desliz podía costarle el destierro. »

Contaré -como he prometido- un descacharrante suceso, digno de figurar en las más jocosas antologías forenses, que un juez (uno de los pocos que salvaría de la hoguera) me refirió y que tuvo lugar en la Audiencia de Granada. Por no recuerdo qué motivos, una madame de una muy reputada casa de damiselas se vio procesada en un turbio asunto allí acaecido. Se pudo tratar de un crimen (es decir, lo que vulgarmente se entiende por crimen: homicidio o asesinato) seguramente. Era como para estar preocupada. Pero aquella mundana señora se guardaba más de un as (asqueroso, más bien) en la manga. Y era que tenía a más de uno de los magistrados presentes y circunspectos cogidos por las mismas puñetas. El fiscal jefe que debía acusarla, sin ir más lejos, era uno de sus mejores clientes. Así que en ese salón mayúsculo de la justicia no dejaba de sentirse como pez en el agua. El problema fue que a esas otras formas tan solemnes y graves de la justicia no terminaba de acostumbrarse. Tanta pregunta de su querido amigo el fiscal acabó por producirle un evidente desasosiego, que si cómo era el lugar del crimen, cuántas habitaciones tenía o cómo era concretamente, justamente aquella que…

-Mira Manolo, hijo, parece mentira que tú me lo preguntes con la de veces que tú y yo… ya me entiendes, vamos que parece que te ha dado algo y pareces otro, criatura…

Ni qué decir que el juicio terminó muy mal y el tal Manolo muy lejos de su Granada.

Anécdota por anécdota.


 

*Porque Cuba eres Tú

TABLA RASA. LIBROS Y EDICIONES, S.L., 2005


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La vida de Dolores parte y concluye en Galicia, su tierra natal. Ya en la vejez -y ante la grave expectación de su joven nieto, que recogerá surelato como quien recibe una ofrenda- su memoria reconstruye una vida cruzada por el azar; la pasión y por los acontecimientos históricos que vivió como emigrante en la Cuba de finales del siglo XIX y principios del XX y, a su retorno, en la España de la República y la guerra civil.

 

El amor siempre prohibido, el choque entre dos culturas hermanas y tan distantes como la gallega y la cubana, la intervención de Estados Unidos en la guerra de Cuba, la convulsión interna, los problemas de la población de color atrapada en las luchas de poder; son losescenarios en que se teje la vida de esta mujer libéral y comprometida, un cruce de caminos en el que la santería juega un papel decisivo para que Dolores experimente en paralelo la vida de otra Dolores que -ésta sí,permanecerâen la Isla…

En Porque Cuba eres tú, novela que inaugura la narración de su propia saga familiar; Ramón Chao entrelaza crónicas históricas y ficción en un relato que nos Ilevará a descubrir a un personaje que arranca de una figura real, la abuela del autor, cuya existencia se convertirá en una aventura que roza la leyenda.

 

 

 

 

 

 

*Un tren de hielo y fuego

Ramón Chao
Ediciones Cybermonde
Le Monde diplomatique, edición española

 

« En este libro cuento las viscisitudes del viaje en el tren de hielo y de fuego. Así le llamaban porque arrastraba un vagón lleno de bloques de hielo para llevar a Aracataca (el pueblo natal de Gabriel García Márquez; recuerden el principio de « Cien años de soledad », cuando el gitano Melquíades les hace descubrir el hielo a los niños de Macondo); y gracias a un sistema infernal iba echando llamaradas de fuego durante el camino.

Pero creo que lo más importante, lo que más me afectó sentimentalmente (a parte de las peticiones escritas de los niños colombianos) fue que ahí se dio la ruptura de Mano Negra, ese grupo ya mítico creado por Manu, donde estaban también Antoine y mi sobrino Santi, y que empezó a ensayar en los sótanos de mi casa.
Manu aguantó hasta el final y quedó deshecho ».trenhielofuego

Este diario es al mismo tiempo, una inmersión en la vida del país y sus gentes.

Los grupos de rock Mano Negra y French Lover´s, los músicos brasileños Garrucha y Sorriso, los trapecistas Fabrice, Germain y el Gran Ramón, los componentes de la compañía teatral Royal de Luxe, y Roberto el dragón tragafuegos, ofrecen espectáculos gratuitos en las estaciones y paradas, provocando el asombro y el entusiasmo de decenas de miles de personas, llevándoles su mundo de magia y sueño, haciéndoles participar en él.

La experiencia vivida será irrepetible: convivencia y promiscuidad, descarrilamientos, enfermedades, acogidas entusiastas, despedidas tristes y emotivas, problemas humanos, financieros, internos en el grupo. Una estancia mágica en Aracataca, los encuentros con los guerrilleros, las reacciones populares tras la muerte del narcotraficante Escobar….

Este libro es un diario y casi una novela que relatan el asombroso experimento realizado con la realidad misma.

Ramón Chao

 

Prologue d’Ignacio Ramonet

Conocí a Chao hace la mar de tiempo, unos treinta y siete años, cuando sus hijos Manu y Antoine tendrían entre diez y trece, por ese orden. Nos había invitado a cenar un amigo mío y profesor de la Universidad de París, que había conocido a Chao en Finlandia y quería presentarnos. Llegó esa noche con su esposa Felisa, lo que nos pareció normal, y con sus dos hijos, ya un poco abusivo.

Nos preparábamos a pasar un soirée agradable y hela aquí malograda por los caprichos y naderías de unos mocosos, cuando el mayor saca un ajedrez de un carterón y pide, con timidez, un cuarto donde meterse a jugar. Manu y Antoine se pasaron la noche (hasta las dos de la madrugada) ejercitando la mente con enroques y jaques mates mientras que nosotros pudimos entregarnos tranquilamente a chismorreos politiqueros y sesudas habladurías intranscendentes.

Desde entonces sigo, comparto la trayectoria de Ramón, y tengo el mayor respeto por aquellos chavales, hoy hombres. Entiendo que Antoine ejerza una labor importante en France-Inter y Manu se haya convertido en la figura induscutible que ustedes conocen de la música actual.

Repasar el libro de Ramón Chao es sentir de nuevo olores y sabores ; ver paisajes y rostros ; percibir temperaturas que te provocan desvestirte o arroparte ; sonidos arrancados a un acordeón, a una guitarra, a cualquier tambor. Todo eso sin haber tocado una sola vez esas tierras colombianas, las que cruzó a paso lento, un tren casi irreal como pueden ser el hielo y el fuego.

Los paisajes, los olores, la música y tantas otras cosas que se viven en esa deliciosa experiencia que nos escribió Ramón, compartida con los muchachos de Mano Negra, y que siguen ahí, quizás esperando que nosotros también vamos a su encuentro.

Así no sea trepados en el “lomo” de ese tren, u observando por sus destartaladas ventanillas, se puede hacer el mismo andar. O desandar, si se comienza por donde esa culebra de hierro y madera terminó. El orden es lo de menos. La travesía nos entregará las mismos sorpresas.

O casi. En estos catorce años han cambiado algunas cosas. Desgraciadamente la mayoría hacia lo negativo. Uno de los deseos de esos andantes era llamar la atención del gobierno colombiano para que reanimara el servicio de ferrocarril, agonizante. Dijo que sí en público mientras lanzaba la palada de tierra a su sepultura. Fue más poderosa la mafia propietaria de los buses intermunicipales.

Esos trenes no son los modernos de Europa. Entonces, los gobernantes no se van a tomar la molestia de averiguar para qué le sirven a todos esos campesinos. Menos intentan saber lo que es estar dentro de ellos. Ni perder tiempo observando los villorrios que pasan o se detienen, con sus niños que abren unos ojotes extasiados. Quizás podrían hacer el esfuerzo en época de elecciones, pues les daría el toque folclórico e imagen de acercamiento al pueblo. Pero recuperar esa maravillosa y necesaria forma de transporte y de vida, cuesta mucho sin que los bolsillos de ellos y de sus amigos reciban unos millones que valgan la pena.

El vallenato y la cumbia siguen sonando pero con miedo entre las notas. El terror se apoderó de esas bellas tierras del norte colombiano que en cada kilómetro transitado cambian de forma y color. Los paramilitares, esas hordas de asesinos y narcotraficantes organizadas por el ejército, se encargaron de reducir a casi nada la felicidad con el pretexto de acabar con la guerrilla. Y en esa confrontación, una guerra civil en realidad, también la guerrilla ha cometido sus errores sobre la población. Es posible que las manos encallecidas del cortador de caña, que saludaron desde su corazón a Ramón, a Manu y demás soñadores de esa aventura, estén asesinados. El pecado fue tener un pedazo de tierra que el gamonal o militar quería. Pero esa música que se podría mezclar melodiosamente con el ruido incomparable de ese tren, lucha por expandirse repleta de vida en las venas de esos seres tostados por el sol, o mostrarse en las caderas danzarinas de una mulata. O en la blanca piel de la vendedora de comidas callejeras del altiplano.

Pero ese pueblo alegre que encontró a su paso ese tren y sus moradores, sigue soñando. Es una linda y necesaria forma de exorcizar los males de la pobreza. Las necesidades del día a día aumentaron, pero desde cualquier rincón siempre aparece una botella de ron o de aguardiente, que pasando como brebaje de fuego busca el matrimonio con las risas y las ansias de bailar.

Del Caribe a la capital. Un mismo país, y al paso del tren todos los paisajes del mundo. Mientras se bebe un zumo de frutas, que solo los dioses del placer pudieron haber imaginado, es posible de trepar montañas, bordear caudalosos ríos y lagunas, atravesar llanuras y asaltar enigmáticas zonas selváticas…

Esa es la Colombia que sigue existiendo. La misma que lucha por salir de esa pesadilla en que la tienen sumergida los que todo lo tienen y quieren más. Pero un día será. Un día ese tren volverá a pasar con su vaiven y sonido de “chiqui-chiqui” como prueba de que ha llegado el amanecer.

 

 

*Abécédaire de la mondialisation

 

Ramón Chao, Ignacio Ramonet et Wozniak

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Ignacio Ramonet et Ramòn Chao, écrivain, se sont associés au dessinateur Wozniak pour raconter la mondialisation. Loin des dictionnaires académiques et « objectifs », les trois complices offrent leur analyse du néolibéralisme et, comme dans Alice dans son Pays des merveilles, ils découvrent, de l’autre côté du miroir une image bien différente, faite de privatisations, chômage, inégalités, injustices, OGM et corruption…

 

 

*El Lago de Como (1993)

 

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*Prisciliano de Compostel Barcelona, Seix Barral
(Colección « Los Tres Mundos »), 1999, 319 págs

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Pilar Vega Rodríguez
Universidad Complutense de Madrid

El libro de Ramón Chao, entre el cuaderno de viaje y el ensayo de investigación documental, la indagación o interview acerca del « personaje » y la narración new age o semifantástica, constituye un inteligente proceso de acercamiento a la evidencia de una tradición centenaria, el iter jacobi, tan decisiva en el despertar cultural de la Europa barbarizada.

En el marco de un relato casi detectivesco, que apela a la complicidad del lector, el escritor ha ido reconstruyendo la historia de un personaje enigmático, Prisciliano, con el que se topa el viajero al comienzo de su peregrinación a Compostela. Así pues, el relato arranca al mismo tiempo que la vespa de un maduro personaje, nuevo andante de las florestas, moderno amadís, esplandián o quijote, rumbo a la Finis Terrae. Él será también el narrador principal del cuaderno de viaje, y su protagonista primero. Pero no vaya a creer el lector -éste es el quiebro característico de la literatura posmoderna- que el motorista se desplaza a Santiago por el placer de alcanzar una sabiduría superior o de introducirse en un camino iniciático. No; el protagonista viaja a su aldea natal para sacar el permiso de conducir motos que no pudo obtener en Francia. Pero al final del viaje será convertido por el florentino Girolamo, otro de los viandantes del camino, que sí recorre la antigua Vía Lactea impregnado de fe en el magnetismo de esta senda. Se demuestra así el intento de Chao de llegar a una estructura formalizada a pesar de la libertad con que se hace frente a la narración. El libro se cierra en círculo, tal vez para eternizar la historia, hasta enlazar el fin con el principio, de Girólamo a los acadienses o la monja Natalinda, y, por supuesto, Prisciliano. Tal vez sea éste uno de los mejores aciertos del libro, la estructura, que organiza de manera definida la libertad del relato, casi a modo de bagatela o improvisación musical.

A lo largo de estas páginas, el devenir por la geografía y la historia, la improvisación de los itinerarios, de los vericuetos, de las asociaciones tanto de personajes como escenarios, es guiado no sólo por la necesidad del desplazamiento físico sino por el imperativo de la evocación. Así el libro se va haciendo al compás del itinerario, y el itinerario -tanto físico como mental- no lleva un orden preconcebido. Aspira Chao a la espontaneidad de la asociación libre, del divagar, del fluir, del enimismamiento. Se trata de referir un viaje al compás de lo que aparezca en la mente, al hilo de los sucesos. De ahí que la machacona presencia de Prisciliano, afectadamente casual, resalte sobre este fondo vago e indeterminado como presencia mágica o sobrenatural.

La narración de Chao abarca la biografía Prisciliano desde su infancia hasta su conversión al cristianismo, su elevación al episcopado de Avila, y finalmente su condena y muerte, a manos de la autoridad imperial. Teniendo en cuenta que son muy pocos y contradictorios los datos que se manejan acerca de este personaje puede suponerse la dificultad que ha debido salvar el autor para confeccionar la historia. Para empezar, y como es sabido, ni siquiera se tiene seguridad de que Prisciliano fuese oriundo de la Callaecia. Por otra parte, la doctrina priscilianista se extrae de textos que aún no han sido probados como suyos. Resulta indudable, sin embargo, el influjo de este movimiento en la cristiandad hispana hasta el siglo V, y la notoriedad de su caso, dado que fue el mismo Prisciliano quien apeló a la autoridad del emperador para ser juzgado.

En su relato, Chao introduce la alternancia del punto de vista, interesante para comprender cuál es el propósito de la narración principal. Sin duda, el objetivo de Chao entraña importantes dificultades que el autor resuelve satisfactoriamente. Por una parte, el salto de la historia presente al pasado remoto. De otra, la combinación en escena de personajes comunes, y hasta reales, y de personalidades oscuras o extrañas. Finalmente, la necesidad de producir un relato ameno, donde prima el placer de contar, de referir, al que ceden los personajes, unido al deseo de producir una narración instructiva pero ligera.

Por eso cobran importancia los narradores secundarios, de lo más variopinto, unos complacientes y otros morigerados, unos misteriosos y otros ramplones, que aportan su capitulito acerca de Prisciliano. Profesores, eclesiásticos, peregrinos, lugareños, poetas, contribuyen con sus explicaciones en la reconstrucción del rostro del hereje, hombre liberal y generoso (que, sin embargo, acudió al soborno), asceta y penitente (a pesar de mantener varias relaciones adúlteras simultáneas) que, finalmente, acaba por reconocer contrito sus pecados y pide que éstos no nublen la bondad de sus doctrinas. Pero de todos estos narradores segundos, alcanza protagonismo especial Berta, a quien se confía el capítulo segundo -una etapa del camino, por tanto. Berta es una joven estudiante de veintidós años que aprovecha la montura del caballero, la vespa esquizofrénica -unas veces Silvina y otras Priscila- para acercarse hasta su casa, a pocos kilómetros de Sigüenza. Así comienza su relato, con resabios de locutora de radio o presentadora de magazine: « Hola, amigos, soy Berta. Me ha dicho Mario Luis que relate los hechos. Que plasme mis ideas. Mis sentimientos. Que lo cuente todo con pelos y señales sin temor a la impudicia » (pág.119).

Este consejo muy joyciano parece explicar el tono y el contenido del relato del narrador principal que no se detiene ante ningún comentario o pensamiento y escribe sin tapujos, poniendo de manifiesto sus debilidades físicas y psicológicas. Se logra así una subconversación continua (orientada al lector) que se centra en dos temas: la repugnancia por la religión y su parafernalia, y una visión de la mujer como objeto de uso, costumbre o perspectiva arraigada de la que el narrador es consciente y casi soporta como una condición de la edad. Desde este planteamiento, es la única observación que -leyendo como mujer- me gustaría hacer, parece que la fémina sólo sirve para ser « tirada » (pág.257)

A mi juicio las mejores habilidades de Chao se destacan como paisajista, pasos en los que la prosa del escritor se eleva hacia una sonoridad de gran hermosura. Asimismo, se respira un tono de autenticidad en la relación sencilla y llena de afecto entre padre e hijo ,aunados en el interés hacia Prisciliano, si bien con sus diferentes puntos de vista, que alcanza gran fuerza. El autor resuelve bien y con naturalidad el salto de la ensoñación a la historia real y prosaica del viaje.

También se hace presente en el libro el conocimiento de los modelos clásicos en la narración folklórica y caballeresca. Por ejemplo, el narrador viajero entretiene las horas de descanso de una de las jornadas leyendo un capítulo del Quijote, y en efecto, la invocación de los recursos cervantinos está presente en la obra de Chao. De un lado la apelación al artificio del manuscrito encontrado, por otra parte, el recurso a la traducción esta vez del latín, no del árabe, de parte del ex-cura y enviada por fax. Finalmente, en la diversa óptica de los dos personajes, padre-hijo, que rematan el viaje, el primero más consciente de sus limitaciones físicas, que muestra al lector sin disimulo como un segundo Sancho.

En cuanto al estilo, tal vez como huella de la ascendencia gallega del autor se le escapan algunos loísmos, (pág. 227 y 228). Paga tributo el autor al latín macarrónico, haciendo la burla de la sabiduría de los eclesiásticos del momento como en el comentario « Llegué in media res » (pág.230). En relación a la tipografía empleada para marcar los turnos de elocución en el diálogo, no sé si comparto la tendencia a suprimir la puntuación que no aporta gran cualidad expresiva y sí hace ambigua la lectura. Por otra parte, aunque no incurre Chao en incorrección en el empleo de muchos vocablos acude tal vez en demasía, a denominaciones próximas, periféricas, indirectamente relacionadas con el término, pero no en el sentido propio como en: Creo que el más corruptible es el papa Dámaso, cuando tal vez quiere decir, « el más corrompido es el papa Dámaso ». En el proceso a Prisciliano el juez eclesiástico toma declaración a uno de los acusadores preguntándole si Prisciliano revela o inventa la doctrina. Es obvio que el término « revelar » en este contexto significa otra cosa. Tanto una como otra acción hubieran constituido delito.

Algunos pasos del argumento quedan confusos, por ejemplo, ¿quién acompaña al narrador en su viaje, su hijo Arturo o su hijo Oscar, o los dos, o es que se trata de Arturo Óscar? Oscar lo acompaña desde Sigüenza, y también mantiene contactos con la radio e incluso piensa grabar un disco (como Arturo, del que se despidió algunos kilómetros atrás). Tampoco queda clara la intención del autor en relación al personaje biografiado: ¿pretende desmitificar la figura de Prisciliano en las escenas finales del juicio, o, por el contrario, salvarlo, justificando sus acciones inmorales? Prisciliano, el recto, acude al soborno para librarse de la cárcel, práctica que pudo aprender del ejemplo de su padre, Cayo Aurelio. Por otra parte, no sé si resulta convincente la metamorfosis del héroe que se transforma de asceta y monje piadoso en anticristo, según declara el personaje a su regreso a Galicia cuando proclama: « Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin », es decir, la consabida leyenda que hasta cantaron las aves, Prisciliano es Dios. Curiosamente Prisciliano censura a Egeria con el argumento opuesto al que esgrime en su proceso, en defensa propia: Dile a esa joven que a un hombre se le conoce por sus obras. En efecto, ante el emperador pedirá que no se mire a sus acciones -se reconoce hombre pecador- sino a sus palabras, en fin, lo contrario de lo enseñado por Pablo.

Parece increíble también el episodio del prostíbulo -y el asunto de la relación con Cecilia-, paso obligatorio, según había inculcado la narrativa naturalista, en la educación del varón, si se tienen en cuenta los tres años de retiramiento y penitencia de Prisciliano en el cenobio de Martin de Tours. Es de suponer que el autor juega en todos estos nudos argumentales, muy posmodernamente, a confundir los espacios y los tiempos de todas las edades. Por ejemplo, propone un Prisciliano más partidario de la devotio moderna que el propio Erasmo, una iglesia primitiva -recién salida de las catacumbas, es decir de una situación de extraordinario heroísmo- precipitada en la corrupción y la lascivia en sólo treinta años, retrato que tal vez se adecuaría mejor a otras épocas, un tribunal eclesiástico que utiliza los instrumentos de la tortura inquisitorial casi con diez siglos de adelanto, etc. La ejecución de Prisciliano en el circo romano, vitoreados los tormentos por el público enfervorizado, precedido por la lucha de dos gladiadores que se destrozan mutuamente, no parece convincente si se tiene en cuenta que una de las marcas por las que eran reconocidos los cristianos, durante la época de la clandestinidad, fue precisamente su ausencia de los espectáculos circenses, y que prohibir estos juegos fue una de las primeras medidas de los emperadores cristianos. Tal vez resulta inverosímil que en sólo diez años los dioses romanos, según afirma el autor, lograsen desplazar a los cultos druídicos, y el Dios cristiano a los primeros, especialmente si las como ratifica el autor, y comprueba Prisciliano las costumbres populares se mantienen las mismas. Los diálogos desarrollados durante el proceso a Prisciliano toman el cariz del estereotipo del comic o de los cartoons americanos al mismo tiempo que recuerdan vagamente los evangelios leídos en el jueves y viernes santo sobre la pasión de Cristo. Por otra parte, Prisciliano se hace sospechoso de un conocimiento exhaustivo de las escrituras que pondría en peligro la posición de la jerarquía en un momento en que los textos canónicos no se han definido tajantemente ni se dispone de versiones autorizadas. Defiende además Prisciliano que la herejía consiste en apartarse de Dios, cuando la historia abunda en ejemplos de herejes piadosos y santos. Finalmente, conviene destacar que el desdichado mártir fue ejecutado por el crimen de « maleficio » es decir, acusado de ser mago, -un delito en el código penal del bajo imperio romano- y no por sus doctrinas supuestamente heréticas.

Todos estos guiños, como puede suponerse, sirven para situar al lector en el contexto de las leyendas negras, probablemente mejor conocidas que las crónicas de la historia, que le permitan degustar la historia de un personaje lejano pero sugerente. Así pues, el proyecto de Chao es original, borrar los límites de la historia y de la ficción, incorporar al mundo de los hechos las fantasías personales, aspirar a producir un texto que es caleidoscopio de incitativas, perspectivas, estructuras y tópicos literarios.

Por último, sugiere el autor, a través de las explicaciones del místico Girolamo que tal vez en la tumba de Santiago (el Suplantador) no reposen sino los restos de aquellos infortunados mártires. Esta opinión se apoya en la ausencia de documentos históricos acerca del enterramiento apostólico con anterioridad al siglo X. Sin embargo, y atendiendo a los hallazgos arqueológicos de los últimos veinte años, y al orgullo milenario de los gallegos, es de suponer que sólo el título de esta obra, Prisciliano de Compostela resulte para más de uno iconoclasta y perturbador.

 

 

* MEMORIAS DE UN INVASOR (Ed. Efectovioleta 2008)

 

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* Mémoires apocryphes d’un officier napoléonien en Espagne
( Editions Plón, 2008)

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Article de la Revue « La Montagne » (17-08-09)

Chao, plume apocryphede la disgrace napoléonienne

L’écrivain galicien Ramón Chao sera l’invité de l’association Le Temps des Ceri-ses, pour une conférence le 19 mars, á I’ESC de Clermont autour de son nouvel ouvrage.
Il est l’’auteur des Mèmoires apocryphes d’un of-fícier napoléonien en Es-pagne, le curieux récit d’un officier de l’Empire, retranscrit d’après un vieux manuscrit trouvé dans un grenier et donné á Ramón Chao, il y a bien des années. II y retrace la Guerre d’Indépendance entre l’Espagne et la France, qui dura de 1808 á 1814. Un véritable exercice de style, la plume de Chao s’est trempée aux tournures archaïques de l’époque et a su rester fidèle aux notes originelles de ce militaire de l’Empire, rédigées vers 1840. Á la réflexion de toute une époque, de tout un destin, se joignent les précieux amendements d’une riche intertextualité. L’Espagne littéraire_ se retrouve aux détours des pages, Casanova, Lesage, Cervantes. Derrière ees mémoires transpire également la lente désillusion d’un homme pour son héros de naguère, pour un Bona-parte irnmodérément ad-miré puis déchu, sans ap-pel. « Plus qu’un témoignage, écrit Chao, son récit se présente com-me un roman qu’on pour-rait intituler : Sus aux vainqueurs! »

 


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